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El alcalde y
la vaca Por Alejandro
Murgia Ilustraciones del autor A Facundo
López, su casi coautor |
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De los hobbits
que alguna vez pisaron la Comarca, pocos hubo tan célebres y
universalmente queridos como el alcalde Will
Pieblanco. El viejo Will era un individuo grueso y
bonachón que, según la opinión
unánime de sus vecinos, no tenía rival en el arte
de meterse en líos y enredar cualquier situación
en la que se involucraba. Además, toda clase de
risueñas catástrofes menores lo
seguían dondequiera que fuese, y con los años se
había convertido en el blanco predilecto de las bromas -por
lo general inofensivas- de jóvenes hobbits mal entretenidos.
Como alcalde,
su función principal era, por supuesto, presidir el banquete
de Lithe en la Feria
Libre de las Quebradas Blancas, pero además su vida social
era sumamente activa, e incluía, por ejemplo, dar la
bienvenida a nuevos pobladores que se asentasen en alguna de las Cuatro
Cuadernas, provenientes de allá afuera.
Y aunque esto ocurría muy rara vez, porque en aquella
época la gente era más bien sedentaria y apegada
a los usos locales, y no había muchos hobbits viviendo fuera
de la Comarca, Pieblanco
insistía en considerar la recepción por parte del
alcalde uno de sus deberes sagrados. Por eso, cuando le
llegó la noticia de que una familia de Bree se acababa de
instalar en una granja de la aldea de Los Ranales, en feliz
coincidencia con la tradicional fiesta de esa localidad, el
viejo Will se
aprestó a comparecer y darles una calurosa acogida
en nombre de los hobbits de la Comarca, sin dejar de aprovechar el
viaje para presidir el banquete, matando dos pájaros de una
pedrada, como solía decirse en ese tiempo.
La
reunión era un alegre y colorido bullicio de cubiertos y
mandíbulas. Por doquier pesadas botellas de vino escanciaban
su rojo contenido en sedientas copas. El alcalde Pieblanco se levantó
de su silla con alguna dificultad (esos brindis preliminares lo
habían achispado un tanto) y bamboleándose
caminó hacia el podio. Ante el aplauso aislado de uno que
otro hobbit, el viejo Will agradeció
efusivamente y comenzó su discurso, prácticamente
el mismo que pronunciaba todo el tiempo en cualquier homenaje. –Doy
por inaugurada la centésimo décimo tercera fiesta
trimestral del panecillo de frambuesa de… –y
dirigiéndose a uno de sus colaboradores, en voz baja,
preguntó: –¿Eh, Nibs, panzote, dónde
rayos estamos? –En
Los Ranales –le respondió agriamente el
señor Semillosa,
uno de los organizadores. –Exacto
–y volvió a alzar la voz –…
de Los Ranales, hermosa aldea como hay pocas. ¡Que nieve
comida y llueva bebida! Y todos los
presentes saludaron las palabras del alcalde con un fuerte aplauso y
grandes vítores. Era lo que en verdad amaban del
señor Pieblanco:
no daba discursos largos o tediosos. Simplemente decía lo
que tenía que decir y luego se ponía a comer.
Algunos sostenían incluso que no era otra la
razón por la cual una y otra vez, cada siete
años, era reelegido como alcalde. Hay quienes
insinúan que en los repetidos brindis que se sucedieron a
continuación en el banquete, uno por cada concursante, se
puede encontrar la causa de los desafortunados
acontecimientos en que se vio envuelto el viejo Will
más tarde. Es muy fácil opinar así
mientras se está cómodamente sentado leyendo una
historia, pero habría sido interesante cotejar el
desempeño de estos mismos críticos de haberse
visto precisados a trasegar, como el Alcalde lo fue por su
impostergable deber de funcionario, esas barricas de vino Valle Largo, que
dejan la cabeza fresca pero el corazón melancólico. Lo cierto es
que a un cierto punto de la fiesta Nibs
le
recordó al alcalde su proyectada visita a los nuevos
granjeros del lugar, y el viejo Will
se puso de pie como pudo, que fue apoyándose en la calva del
señor Semillosa,
a la que confundió con la cabeza de un bastón.
Afortunadamente el incidente no pasó a mayores gracias a que
el señor Semillosa
se encontraba en un estado muy parecido al del alcalde, y en esos
momentos rememoraba el día en que su abuelo lo
había llevado por primera vez a pescar a la laguna de Delagua. Además,
todos saben que el aire de Los Ranales, para quien no está
acostumbrado a él, tiene un algo embriagador que provoca
cierto mareo. El alcalde, al menos, citó esta vieja
máxima y todos asintieron considerándola en
extremo sabia y ajustada a la verdad. La caminata
subsiguiente trajo el beneficio de refrescar un tanto a Pieblanco y su ayudante, que
charlaron de todo un poco en el trayecto, y la oportunidad de admirar
los umbrosos sauces de la aldea y la rica fauna batracia de sus charcas. –No
entiendo por qué a esta gente de Bree se le ocurre venir a
vivir a la Comarca. –dijo en un momento dado el joven
ayudante del alcalde. –Sus
razones tendrán, Nibs. –Mi
padre dice que son gente rara, allá afuera. Sería
mejor que ellos se quedaran allí y nosotros aquí.
Eso es lo que yo creo. ¿No le parece, alcalde? –Mira
Nibs. Aprecio a tu
padre, pero no es más que un asno, y tú
también. Todos nos parecemos más de lo que
suponéis. Si yo tuviese que darle crédito a los
recelos de la gente estrecha, debería creer que los
habitantes de nuestras cuadernas pertenecen a cuatro especies distintas
e irreconciliables. Verás muy pronto como estos granjeros de
Bree son hobbits decentes y ordinarios como tú y
yo. –Eso
espero. Será mejor que se ajusten a las leyes de la Comarca,
porque de lo contrario tendremos mucho trabajo con ellos.
–exclamó el muchacho, ajustándose el
cinturón en un gesto recio. –El
trabajo lo tendré yo para meter algo a los garrotazos en tu
impenetrable cabeza, pedazo de palurdo.
Hazme el favor de no decir más sandeces, sobre todo delante
de los nuevos vecinos. Recuerda que las usanzas de cada cual son
sagradas, y que la casa de un hobbit
es su reino, como reza la vieja máxima. No estamos
aquí para enseñarle las leyes a nadie, sino para
servir a todos. –Como
usted diga, alcalde. Como usted diga.
–Este
lugar me trae muchos recuerdos –dijo a su ayudante el viejo Will, melancólico
ante la puerta cancel de la granja donde se habían detenido.
–Aquí vivían los Rizopardo, y la
señorita Caléndula Rizopardo
solía enseñarnos a leer y escribir a los
niños, cuando terminaba la cosecha. Mis padres me enviaban
con mi trajinada maleta y aquí me quedaba dos meses,
aprendiendo, intentando introducir alguna cultura en esta cabeza de
alcornoque. –Will
dejó escapar un suspiro –Ahh,
la señorita Caléndula…
¡Qué nostalgia! No hubo
oportunidad de seguir desempolvando memorias porque ya se acercaba un
corpulento hobbit de
tupidas cejas negras. –Buenos
días. –saludo el granjero, dudando si abrir o no
el portón. –Encantadísmo
–exclamó Pieblanco
ensayando una cortés reverencia.–
¿El señor Cuevas, me imagino, nuevo propietario
de la granja? Soy Will Pieblanco. –Ah,
qué bien. ¿Cómo está usted,
señor Pietranco? –No,
no –corrigió el viejo Will.– Pieblanco. ¿Es que no
ha oído mi nombre aún? Soy, podríamos
decirlo, la autoridad máxima de por aquí. –¿Es acaso
usted el Tuk, o algo
así? –Bueno,
sí, algo así. –respondió
Pieblanco un tanto
desilusionado.– Soy el Alcalde de Cavada Grande, y
éste es mi ayudante Nibs.
–¿El alcalde?
Pasad, pasad –indicó Cuevas, abriendo la puerta. A
primera vista el granjero parecía parco o cohibido, pero en
realidad Pieblanco no
lo notó, pues apenas franqueó la verja se
entregó a una profusa charla. –Señor
Cuevas, bienvenido a la Comarca, y que las bellotas crezcan como setas,
como decimos aquí. Tengo entendido que viene de Bree, me
imagino que será un viaje agotador y lleno de peligros el
que ha enfrentado. –Bueno,
no crea… –¿Sabe usted?
En esta granja que ha comprado he pasado muchos momentos felices de mi
infancia. –siguió
el alcalde, haciendo caso omiso de su interlocutor –No es que
yo sea de por aquí, no. Los Pieblanco
provenimos de Cavada Grande, una localidad en extremo bella, que usted
debe visitar. Algo apartada, es verdad; si no me equivoco, han de ser
unas veinte leguas por el Camino del Oeste, pero vale la pena el viaje,
sí señor. Al tiempo que
Pieblanco
decía esto, los tres hobbits avanzaban sin prisa por el
sendero que llevaba a la casa, rodeado de árboles
centenarios que el alcalde recordaba muy bien, y graciosos canteros de florecillas, ahora un tanto
abandonadas. –¿Y
cómo fue –preguntó el viejo Will de pronto – que
decidió dejar todo y venirse a la Comarca, señor
Cuevas? La pregunta
tomó al granjero desprevenido. Su reacción fue
bastante hosca. –¿Eh?
Pues… Nada importante. Desaveniencias
domésticas. Usted sabe, la familia política. La escueta
respuesta de Cuevas no daba mucho a entender, pero bastó
para que Pieblanco
prorrumpiera en otra efusiva parrafada. –¡La familia
política! Con eso está todo dicho, mi estimado
amigo. ¡Díganmelo si no a mi, que debo sufrir
constantemente al cargante de mi cuñado, maese
perfecto, como yo lo llamo! No sólo eso, sino que
todo el tiempo mi mujer está comparándome con
él, comparación de la que nunca salgo bien
parado, como usted se imaginará, dado que una persona de
carne y hueso dudosamente pueda compararse a un saco de aire. La
declaración de Pieblanco
tuvo un efecto extraordinario sobre el granjero. Se detuvo en seco, y
tomando de los hombros al alcalde, confesó con voz
trémula: –Mi
problema también es con mi cuñado. Ambos
callaron por un momento, pero fue un silencio lleno de contenido.
Cuando reanudaron la marcha, Cuevas y Pieblanco
se sentían dos almas gemelas hermanadas por la desgracia. –Pero
en mi caso –dijo al fin el granjero, dispuesto a desatar un
torrente de revelaciones–,
lo que ya no puedo soportar, lo que me ha sacado de quicio y llevado a
las decisiones más extremas, es su condenado sentimentalismo. –¿Sentimentalismo?
–preguntó el viejo Will,
asombrado. –Sí.
Sé que resulta un poco extraño, pero esa es la
verdad. Si usted supiera, mi querido amigo, la cantidad de
emprendimientos familiares que han terminado en el más
absoluto desastre por culpa de mi cuñado... Es un hombre
imposible: simplemente se encariña demasiado.
Debí haber escarmentado tras la malograda aventura del
criadero de perros, lo sé; uno puede entender que se le tome
afecto a los cachorros, pero ¡de allí a negarse a
venderlos! Mi mujer, empero, me convenció, y nos dedicamos
entonces a los ponies.
Usted sabe, hay un buen campo de acción abasteciendo a las
postas y posadas de Bree y Entibo; son caminos muy transitados y la
demanda de cabalgaduras siempre es alta. ¿Puede usted creer,
señor alcalde, que nuevamente se
encariñó con esas bestezuelas, y llegado el
momento, luego de tres años de duro esfuerzo e inversiones,
me suplicó que no los vendiésemos? A
esa altura ya estábamos en la bancarrota, todos los bienes
familiares dilapidados y mi único deseo fue poner distancia
entre mi cuñado y yo para evitar la tentación de
asir su garganta y estrangularlo con sus malditos perros y ponies Tras esta
última imprecación Cuevas hizo una pausa para
tomar aliento y observar la reacción de Pieblanco. Pero lo cierto es que
el alcalde hacía rato que no le prestaba
atención: había divisado a un costado del camino
la silueta de una higuera inconfundible ¡La higuera del
columpio, que hiciera la delicia de tantas tardes de su infancia!
Allí estaba, muda en un rincón, y aún
colgaba de su raída soga la corteza cóncava que
oficiaba de balancín, inmóvil bajo los pastizales
crecidos. Pieblanco se
había transportado nuevamente a aquellas doradas horas, y
poco le hubiese sorprendido ver venir desde la casa un tropel de
niños, o a la mismísima señorita Rizopardo trayendo un pastel de
manzanas. Sin embargo,
un minuto después tuvo motivos para creer que
quizá se había excedido un poco con la bebida en
la fiesta, ya que efectivamente vio aparecer a contraluz desde la casa
la figura de una inolvidable viejecita, y lo que llevaba en la mano no
era otra cosa que un perfumado pastel de manzanas. –¡Señorita
Caléndula! –exclamó alborozado, con un
hilo de voz, corriendo hacia ella. De pronto la voz
del granjero Cuevas lo trajo violentamente a la realidad –Alcalde
Pieblanco, le
presento a mi suegra, la señora Petunia Pastizales, de
Entibo. –¿Eh?.. oh...
¿cómo?... –farfulló el viejo
Will,
confundido.– Quiero decir, encantado de conocerla,
señora Petunia. –Imagino
que se quedará a tomar el té con nosotros,
señor alcalde. –dijo ella, y su delicada voz
sonó tan parecida a la de la señorita
Caléndula que el alcalde se quedó sin aliento. –Por
supuesto, por supuesto. –respondió
cuando recobró el habla.–
¡Qué hobbit
podría resistirse al aroma de ese pastel, mi querida
señora!. Pero ¡claro!
No podía ser. ¡Cómo voy a confundirme
así!, se dijo Pieblanco
sorprendidísimo. La Señorita Caléndula
había muerto hacía muchos años, y
él no era otra cosa que un viejo tonto. Aún
así, el alcalde sintió un súbito y
definitivo afecto por la suegra del granjero. No sería la
señorita Caléndula, pero para el caso daba lo
mismo: era una anciana encantadora que preparaba pasteles y
vivía en aquella misma granja, y él
sentía el irrefrenable impulso de protegerla y expresarle
así la gratitud que su alma de niño albergaba por
todas las viejecitas del mundo.
–Pase,
pase, alcalde –estaba diciendo, entretanto, el
señor Cuevas, invitándolo a entrar en la casa.– Querida, el
señor Pieblanco,
alcalde de la Comarca. Alcalde, la señora Cuevas y nuestra
hija, Gardenia. Las dos
hobbits, que se hallaban sentadas a la mesa ocupadas al parecer en el
bordado de unos bonitos cortinados nuevos, se pusieron de pie y
saludaron con una simpática reverencia al alcalde y su
ayudante. Éste último no dejó de
observar la gracia con la que unos primorosos bucles
castaños caían sobre la frente de la hija de
Cuevas, una criatura realmente adorable y en la flor de la edad. –Bien,
hemos sido todos presentados.–exclamó el
granjero.– Sólo faltan mis cuatro hijos varones,
Torno, Fondo, Mondo y Rogo,
que quedaron en Bree para encargarse de los últimos detalles
de la mudanza y estén tal vez aquí esta noche o
mañana por la mañana. Son cuatro mozalbetes
corpulentos y serios, señor alcalde: los colaboradores
ideales que todo padre quisiera para su granja. –No
lo dudo –dijo Pieblanco,
mientras contemplaba embargado por la melancolía aquella
sala que le había parecido inmensa en su infancia y ahora
lucía tan humilde y pequeña. –¿Por
qué no acompañas al alcalde a ver la granja,
Escarbo, mientras Gardenia, mamá y yo preparamos el
té –sugirió la señora Cuevas
a su marido. –Bien,
pero Nibs se
quedará a ayudar a las señoras
–exclamó Pieblanco. –No
es necesario.... –¡Faltaba
más! –terció Nibs,
que veía con excelentes ojos la perspectiva de quedarse
junto a Gardenia. Un clima de
general simpatía se adueñó de la
escena, y el granjero Cuevas sonrió satisfecho. –Querido
amigo –le dijo aparte al viejo Will , mientras lo
conducía del brazo rumbo a la puerta posterior.
–No sabe usted cuánto celebro que haya venido a
visitarnos, y que nos entendamos tan bien. Esto será muy
positivo para nosotros. He de confesarle que mi familia
sentía cierto recelo de venir a la Comarca. Usted sabe, por
las extrañas costumbres que se les endilgan, y todas esas
habladurías. ¿Acaso no somos todos hobbits ? –Es
lo que siempre le digo a Nibs,
mi estimado Cuevas. –Por
favor, llámeme Escarbo. –Perfectamente,
querido Escarbo. Y llámeme usted Will. –Con
sumo placer. –dijo el granjero, abriendo la puerta.
–Hágame el honor de pasar al huerto, Will.
Fue
así como Will
Pieblanco se vio
de pronto en la granja y tuvo su primer encuentro con
Cándida, la vaca. No es que fuese un encuentro crucial en la
vida del alcalde; por el contrario, estaba tan distraído que
apenas recordaba luego haber visto una vaca. ¿Había
una vaca en la granja de Cuevas? Yo no la vi,
solía confesar cada vez que le mencionaban el asunto. Lo cierto es
que el granjero le había estado mostrando el huerto, el
chiquero, el estanque de los patos, y el corral donde pastaba
Cándida, mientras Pieblanco
lo seguía ensimismado, emitiendo de cuando en cuando
algún suspiro y reflexionando que quienes daban un sentido
al mundo y a la vida eran las abuelitas; la suegra de Cuevas, por
ejemplo, qué dulzura había en sus ojos,
cómo debían quererla sus nietos! A la vaca no la vio, y cuando
Cuevas señaló que La pobre
está muy viejita, y francamente no sabemos qué
hacer con ella. Me da pena porque Gardenita
se ha encariñado, pero ya no sirve ni para empujar un arado,
Pieblanco
sintió un horrible estremecimiento. ¿Qué
era lo que estaba diciendo ese individuo atroz? ¿Se quejaba
de que la pobre viejecita no podía empujar el
arado? Pieblanco
estaba tan confundido que se detuvo en seco, sin aliento, incapaz de
decir nada. La cabeza de daba vueltas de forma muy molesta, y las
piernas le flaqueaban. –¿Le pasa algo,
Will ? –Eh,
no nada –alcanzó a farfullar Pieblanco, incapaz de abordar el
tema. –Creo que será mejor que me siente. –Entremos,
entremos. –se apresuró a decir Cuevas,
tomándolo de los hombros. Ya no sirve
para empujar el arado. Las
palabras del siniestro granjero seguían retumbando en la
cabeza del viejo Will.
Entonces quería decir que habían estado obligando
a la pobre abuelita a empujar el arado, tal vez durante incontables
años, bajo el sol calcinante del verano y la impiadosa
escarcha del invierno. Y que esa mirada bondadosa de la viejita, que
él había tomado por un síntoma de
serena dulzura, era en realidad una súplica, ¡un
llamado desesperado en la angustia de la noche! El pobre Pieblanco no sabía
qué hacer. Su respeto al derecho consuetudinario le indicaba
que cada cual era dueño de imponer en su casa su propias reglas. Le
habían llegado rumores de que la gente de Bree era algo ruda
y hecha a los trabajos más rigurosos, pero jamás
había imaginado que pudiesen llegar a
tanto. ¿Cómo actuar? No pudo
preguntárselo mucho porque ya estaban las tres mujeres de la
casa revoloteando en torno a él y colmándolo de
atenciones. Siéntese, alcalde,
decían, o Deje que le refresque la frente,
y Respire hondo, ¿está usted bien? –Estoy
bien, señoras mías, muchas gracias –
balbuceó el viejo Will. Esto las
llenó de regocijo, y tras verificar que el señor
alcalde estaba de buen ánimo para merendar, en un instante
desplegaron sobre la mesa la rica parafernalia de una sesión
de té hobbit;
platitos, teteras,
tazas, tazones, cucharas y cucharitas, bizcochos, tortas, servilletas,
azucareras, y fuentes desfilaron en un alegre tintineo, y un momento
después estaban todos sentados a la mesa conversando
animadamente. –¿Ha probado
usted el té de Combe? –¿Cómo
van las cortinas? –Alcánzame
la miel, por favor. –Parece
que refrescará esta noche. Durante un
buen rato la charla se redujo a este tipo de expresiones, y el alcalde
prodigó elogios a la vajilla, al té y a los
bizcochos, pero pronto se sumió de nuevo en sus
cavilaciones. La señora Cuevas estaba contando su visita al
mercado de Los Ranales esa misma mañana, y el
señor Cuevas al mismo tiempo le preguntaba a Nibs qué tal era la
pesca en las lagunas de la Comarca, pero Pieblanco
se limitaba a observar ansioso a la suegra de Cuevas y seguir todos sus
movimientos. Así
pasaron los minutos, en amena familiaridad, y las tazas se llenaron una
y otra vez, hasta que en un momento dado Gardenia, la hija del
granjero, dijo: –¿Quieres, Nibs, que te lleve a conocer la
granja? –Excelente
idea –respondió el muchacho, y ambos se retiraron
alegres de la mesa. –¡Qué
cabeza la mía! –exclamó la abuela.
–He olvidado el pastel de manzanas enfriándose en
la ventana. Ya vengo. –y se retiró
también. Apenas
quedaron solos Cuevas, su señora, y Pieblanco,
al rostro del alcalde se encendió. –Estimados
amigos –dijo, en voz baja. –no tengo palabras para
alabar debidamente su hospitalidad y buena disposición; les
agradezco el trato dispensado y les deseo un feliz futuro entre
nosotros. Pero hay algo que quisiera decirles y no sé
cómo empezar. He esperado que sólo nosotros
estuviésemos presentes. El alcalde se
hizo un lío con la servilleta, se secó el sudor
de la frente, y continuó, tratando de que sus palabras no se
oyeran fuera de la habitación: –Tengo
que confesarle, Escarbo, que hace unos momentos me ha dejado usted de
una pieza. Recordará que, allí afuera, hablando
de esa adorable viejecita, usted observó que ya no
podía empujar el arado. –¡Ah,
sí, nuestra vieja Cándida! –Esa
vieja cándida, como usted poco respetuosamente la llama
– continuó mosqueado Pieblanco
–es una criatura delicada, a la que jamás hubiese
imaginado empujando un arado. El granjero y
su mujer se miraron sorprendidos. –¿Delicada?
Mientras tuvo fuerzas lo ha hecho muy bien. –Oiga.
Me preocupa su ... En ese
momento volvía la suegra de Cuevas, y Pieblanco se detuvo
abruptamente. Sin embargo, el granjero continuó hablando: –Pero
ahora está vieja e inútil, y ocupa un espacio
valioso. Esa es la verdad. El rostro del
viejo Will
enrojeció como una manzana madura. No sabía
dónde esconderse. Con un hilo de voz imploró: –Por
favor, no hable tan alto. Podría oírlo. El estupor
ganó al señor Cuevas. Echó un vistazo
a la ventana y allí estaba, a pocos metros, en el corral, la
vaca mirándolos con sus cansados ojos anodinos. Cuevas se
volvió al alcalde y dijo: –¿No
creerá usted que tiene la inteligencia suficiente para
entendernos? No es más que una bestia. Pieblanco se
atragantó, comenzó a toser, y se
cubrió el rostro con las manos. –Bueno,
bueno, mi estimado Will.
–exclamó el granjero preocupado por la
reacción del alcalde y dispuesto a cambiar de tema.
–Sentémonos afuera, a contemplar el atardecer y
hablar de liebres perdidas. Nibs
me ha dicho que la trucha abunda en el Brandivino...
¿es usted aficionado a la pesca?
Es
opinión muy difundida entre los hobbits que los atardeceres
de primavera en Los Ranales se cuentan entre los más bellos
de la Comarca. A medida que el sol va ocultándose
detrás de las lejanas colinas del oeste, crece entre los
sauces el amistoso murmullo de grillos y ranas; mientras tanto, el aire
se llena de una fresca fragancia donde se mezcla el aroma de
las charcas con el perfume nocturno de las flores del prado. En
definitiva, el conjunto es sencillamente delicioso, para gozarlo en
silencio tras un día de trabajo, o pasearse sin prisa entre
las umbrosas arboledas de la aldea. En el caso que nos toca, dicho
crepúsculo encontró a los seis habitantes de la
granja de Cuevas en diversos quehaceres.
Dentro de la
casa, la señora Cuevas y su madre, Petunia Pastizales,
habían terminado de levantar la mesa de la merienda y vuelto
al trabajo de costura de las nuevas cortinas, actividad que matizaban
con inocentes cotilleos. –Parecen
simpáticos, estos colonos –había
opinado la anciana. –Sí,
pero algo extraños, mamá. Hace un momento el
alcalde de pronto tuvo una salida insólita que nos hizo
recordar mucho al buenazo de Tom,
y Escarbo estuvo a punto de estallar. Se contuvo, pero noté
el temblor de sus manos crispadas. Un gesto de
preocupación se dibujó en el rostro de la
señora Cuevas, recordando todo lo que su marido
había sufrido por las extravagancias de su hermano. –
Esperemos que esta visita concluya bien. En la granja,
por su parte, Nibs y
Gardenia conversaban con sumo deleite, mientras recorrían el
huerto y apreciaban la plantación de coles y nabos, por los
cuales Nibs
mostraba un repentino interés. –Hablando
de vegetales, Gardenia, en pocas semanas más será
el baile anual de la cebada, en Bolgovado,
muy cerca de aquí. Si quisieras asistir, yo
podría acompañarte... ¿Te gustan los
bailes? –Oh, sí, me encantan.
Pero no he podido asistir mucho a ellos en Bree. –Vamos.
Apuesto a que habrás tenido montones de muchachos dispuestos
a invitarte. –Es
posible, pero en ese caso se habrán sentido intimidados por
mis hermanos. Tengo cuatro hermanos que se dedican a desalentar a
cualquiera que pretenda acercárseme. Creen que es su deber.
Resulta muy aburrido, pero ¿qué puedo hacer? Lo
malo es que suelen ser rudos. –Que
tengan cuidado en la Comarca –exclamó Nibs un tanto fastidiado.– El alcalde y yo
solemos ser severos con los tipos rudos. Hay una ley que cumplir
¿sabes?, y los cuerpos de vigilancia no podemos
tener demasiadas contemplaciones.–agregó en un tono con
el cual parecía sugerir que se había pasado los
últimos meses poniendo en su lugar a peligrosos
delincuentes, aunque en honor a la verdad, su único acto de
servicio había sido buscar al perrito extraviado de los Tuk. El tercer
grupo, por último, lo constituían el grajero
Cuevas y el alcalde Pieblanco,
que se habían sentado en el jardín delantero y
fumaban sus pipas mientras intercambiaban datos sobre truchas, faisanes
y variedades de tabaco. A decir verdad, el alcalde
intervenía poco, y el granjero procuraba llenar todos los
silencios, tal vez temiendo que la charla naufragara o derivase por
derroteros inapropiados. –Está
oscureciendo: salen las luciérnagas. Será mejor
que nos marchemos –había dicho el viejo Will. –¡No
pensará viajar de noche! –exclamó
el granjero.– Por lo que me acaba de decir, es un largo
camino hasta Cavada Grande, y usted ha de estar rendido de cansancio.
No, no, no. Se quedarán a cenar y dormir aquí. –Pero... –¡Está
decidido! –y dicho esto, ambos se levantaron de sus sillones
y entraron.
–Querida,
el alcalde y su ayudante cenan y duermen en casa. –Magnífico.
–dijo la señora Cuevas. –De
veras, no quisiera importunarlos... –rogó Pieblanco. –No
es ninguna molestia. –aseguró
ella.– Ocuparán el dormitorio grande, Gardenia se
trasladará a la habitación pequeña, y
nosotros a la del fondo. El alcalde
notó preocupado que no mencionaban a la suegra de Cuevas, y
temió que por su culpa le estuviesen asignando un lugar
incómodo. –¿Y ella?
–preguntó tímidamente,
señalando la ventana, desde donde podía divisarse
a la abuela Petunia que en ese momento conducía a la vaca
Cándida al establo. –¿Ella?
–exclamó con estupor el granjero. ¿Es
posible, se dijo para sí, que de nuevo
este extraño sujeto se esté preocupando por la
vaca? ¿Qué chifladura es la que tienen estos
colonos? Pero haciendo un esfuerzo de voluntad,
aclaró amablemente: –Ella dormirá, mi
querido amigo, como siempre, en el establo. Escuchar
estas palabras y quedarse petrificado fueron, para el alcalde, una sola
cosa. ¡En el establo! –Gardenia,
querida, haz el favor de encender la lámpara, y
ayúdame a traer la comida. –decía la
señora Cuevas, y nuevamente la sala bullía con
los preparativos de la cena, pero Pieblanco
veía pasar aquel alboroto en torno suyo sin poder salir de
su estado. –Siéntese
aquí, alcalde –le decían, y el viejo Will obedecía como un
troll narcotizado.– ¿Quiere
ensalada? ¿Tarta de queso? –Nibs,
¿podrías traer la botella de vino? –¡En un tris! ¡Aquí
está! –Hola,
abuela, siéntate a mi lado. –¡Estupendos
buñuelos! El alcalde
era conocido por su buen apetito, y en ocasiones normales hubiese
participado alegremente de ese último festín del
día, ya que el estómago hobbit
siempre tiene rincones extra para un bocadillo más, pero
esta vez sentía un nudo en la garganta, y se limitaba a
permanecer con la vista fija en un punto indeterminado entre el tenedor
y la botella de vino, mientras los demás masticaban y
conversaban y reían. –¿Y
cómo es eso... –preguntaba Nibs
a la concurrencia, olvidada ya su natural timidez.– ... de
habitar entre Gente Grande? –Así
vivimos en Bree desde tiempos inmemoriales
–señaló el granjero. –Y en
prefecta armonía, he de agregar. –Pero
son rústicos, torpes, y ruidosos, según dicen. –Es
una forma de verlo, Nibs.
Ellos podrían a su vez decir que nosotros somos holgazanes,
furtivos y misteriosos. Pero lo cierto es que cada cual tiene sus
virtudes, y te aseguro que es bueno contar con un brazo capaz de cargar
al hombro un cordero, y que se mantiene en pie con dos frugales comidas
diarias. –Sin
embargo, me han dicho que tienen costumbres brutales... –Pamplinas
–dijo Cuevas sacudiendo la cabeza. –Fuera del
tamaño, se comportan como cualquier hobbit. –Ustedes...
–terció Pieblanco
con un hilo de voz, y la vista fija en el mismo punto–,
ustedes no se percatan porque ya han adquirido sus mismos
hábitos. Pero para nosotros que poseemos, si me permiten
decirlo, una cultura menos salvaje, algunas de sus usanzas parecen
atroces. –¿Atroces?
¿Qué usanza le parece atroz? –Por
ejemplo –confesó el alcalde, sin poder ya
contenerse –la de mandar a dormir al establo a una pobre
criatura cuya única falta es la de estar entrada en
años. Los ojos de
Cuevas se encendieron, y todos pudieron ver que la paciencia se le
había agotado también a él. –¿Pero
qué es lo que pretende usted? ¿Que duerma en una
cama? –Naturalmente. –¿Me lo dice en
serio? –vociferó el granjero. –Señor
alcalde –terció la señora Cuevas, en un
último intento desesperado por salvar la situación–Créame
que apreciamos mucho el cariño que demuestra tener por todos
los seres vivos; puedo asegurarle que si mi hermano Tom estuviera presente lo
abrazaría emocionado, pero debemos ser realistas: en nuestra
situación, no podremos darnos por mucho tiempo el lujo de
mantener una boca que no produce. El viejo Will creyó
desfallecer. –Pero,
señora Cuevas, no puedo creerlo. Que su esposo hable
así, hasta he conocido casos, pero usted,
¡usted! Le pido que recuerde aquellos
años dorados en que el afecto que ella le daba era todo para
usted, cuando se dormía en paz, sin miedo a soñar
con los orcos, al compás de su arrullo... La
señora Cuevas lo miró confundida. –¿Arrullo?
–intervino el granjero–. Seamos
razonables, alcalde, y llamemos a las cosas por su nombre: no
serían más que mugidos. –Señora
Cuevas –prosiguió Pieblanco,
consternado ante lo que acababa de oír pero incapaz de detenerse–. Veo que su
marido se encuentra por completo embrutecido, pero apelo a usted, a su
capacidad de misericordia. A usted, que en los años
más tiernos se nutrió con su leche... –Todos
hemos tomado su leche –interrumpió Cuevas– y le estamos
agradecidos. Pero ya no rinde; se ha secado. Entiéndalo. Los ojos de Pieblanco parecieron salirse de
sus órbitas, y el alcalde lució de pronto como si
un rayo lo hubiese fulminado. –Señores
–dijo, poniéndose de pie–.
El bochorno me impide mantener por más tiempo esta
conversación. No sé cómo
podría mirar a los ojos a algunos de los presentes sin que
la vergüenza ajena me partiese el corazón. Todos se
pusieron de pie, mirándose entre desorientados y compungidos. –Tal
vez sería mejor que nos fuésemos todos a dormir
–sugirió la señora Cuevas. –Es
mejor. Así lo creo –opinó el granjero. –Alcalde,
que me aspen si entiendo un adarme de lo que ha estado usted diciendo
–dijo por lo bajo Nibs. –Cállate,
muchacho. –Por
favor, Gardenia. Acompaña a los caballeros a su
habitación. –Sí,
mamá.
Poca
conciencia tuvo Pieblanco
de los desordenados acontecimientos que siguieron después,
tal era su estado de confusión y desasosiego. La casa estaba
quedando a oscuras, y la muchacha los había
acompañado con un candelabro hasta su cuarto, mientras el
grupo se diluía en un incómodo silencio; el
alcalde había vuelto sobre sus pasos para recoger su
zurrón de paseo, que había dejado olvidado en la
sala, y al volver pudo comprobar, con alivio, que la suegra del
granjero, finalmente, estaba preparándose para dormir en una
de las habitaciones, junto a su nieta. Mi prédica
no ha sido completamente en vano, se dijo el alcalde,
alegrándose un poco al constatar que la pobre abuelita no
dormiría en el establo. Luego vio que el granjero y su
esposa se unían a ellas entrando también en la
habitación, y que se entablaba un diálogo en voz
baja. El viejo Will,
indeciso entre quedarse en el pasillo a escuchar y meterse en su pieza,
optó por lo primero. –¿Quiere decir,
papá –estaba diciendo la muchacha –que
no podremos tenerla más con nosotros? –Compréndenos,
Gardenita. Su
mantenimiento requiere un gasto muy grande, y la pobre va a sufrir los
achaques de la edad inútilmente.–le explicaba la madre. –¿Entonces,
quiere decir...? –...
Que tendremos que sacrificarla. –completó
gravemente el granjero. El alcalde, del otro lado de la puerta,
sofocó un grito, y tuvo que apoyarse en la pared para no
caer desmayado allí mismo. –Oh, no, pobrecita.
–decía la chica, llevándose las manos a
la cara. Luego Pieblanco
vio que la abuela la abrazaba con indecible cariño, y que
-oír para creer- le decía: –Ya,
ya, mi niña. Tenemos que acostumbrarnos a todo, es la ley de
la vida. Si tu abuelita lo comprende y lo aprueba, tú
también harás lo mismo, ¿no es verdad? Al
oír estas palabras las lágrimas rodaron
copiosamente por las mejillas del alcalde, y la mandíbula
comenzó a temblarle de la emoción.
¡Qué gran corazón tenía esa
santa mujer, que aceptaba su propia inmolación de un modo
completamente desinteresado! Era más de lo que el
corazón del viejo Will
podía soportar. Al ver que las piernas le flaqueaban, y que
la reunión se disolvería de un momento a otro, se
retiró a los tumbos rumbo a su habitación. Al entrar lo
recibió una oscuridad impenetrable. Avanzó como
pudo a tientas; pisó de pronto un bulto que
resultó ser -por el aullido que se oyó- la
barriga de Nibs, quien
se había acostado en un jergón, y a causa del
tropiezo se precipitó de bruces hacia la cama
golpeándose la cabeza contra la pared. Entonces se
quedó quieto un rato, dolorido y confuso, pero sobre todo
tan acongojado que quería echarse a llorar. Se
desvistió como pudo e intentó arroparse con las
sábanas, pero enseguida supo que no sería capaz
de pegar un ojo en toda la noche. ¿Qué
debía hacer? ¿Acaso podía permitir que
se cometiese un asesinato dentro de su jurisdicción? El
problema era que no sabía a ciencia cierta cuándo
se llevaría a cabo el horrible crimen, y que la
víctima lo aceptaba voluntariamente. ¡Horror! Todo
parecía una espantosa pesadilla. En el silencio del cuarto
lo único que interrumpía los febriles
pensamientos del alcalde eran unos quejumbrosos suspiros que
esporádicamente atravesaban la estancia
llenándolo aún más de tristeza. Al
principio el viejo Will
creyó que eran suspiros propios, pero luego cayó
en la cuenta de que alguien más los emitía. –Nibs, panzote,
¿estás despierto? –Sí,
alcalde. –¿No puedes
dormir? –Alcalde,
después de que usted me pasó por encima, doy
gracias de que aún pueda vivir. –¿Es por eso
que suspirabas? –¿Suspiro yo?
–respondió el muchacho, lúgubre.
–Entonces no es por eso. Es por otra cosa. El
alcalde meditó un momento y creyó adivinar las
razones de su ayudante. El ignominioso trato dispensado a una venerable
viejita no podía pasar desapercibido ni siquiera para un palurdo como Nibs. –Entonces
a ti también se te ha desgarrado, como a mi, el corazón,
¿eh? Es increíble, ¿no es
así? –Así
es, alcalde. Increíble. Todavía estoy viendo sus
ojos. –La
ternura de sus ojos...–añadió Pieblanco. –¿Ha conocido
jamás una mujer semejante? –No.
O mejor, sí. A la señorita Caléndula Rizopardo. Hace muchos, muchos
años. –Alcalde.
Tengo que confesarle algo. En el
silencio de la noche sólo se sentían dos
corazones agitados. –Adelante,
Nibs. Dilo. –Creo
que estoy enamorado. Un aullido
escapó de la boca del alcalde. Había
creído que ya nada podía maravillarlo,
pero al parecer se había equivocado. –¿Enamorado?
¿Tú? ¿De ella? –Sí,
alcalde. ¿Le sorprende? –¿Que si me
sorprende? Caracoles, qué te crees, jamás lo
hubiese imaginado, pero esta noche estoy dispuesto a creer cualquier
cosa. Reconozco que es adorable, pero ¿has pensado en la
diferencia de edad? –¿Diferencia de
edad? Ni siquiera sé si la hay. Y en todo caso, no me
importa. –Nibs, espero que
estés en tus cabales. El muchacho
respondió con otro de sus desconsolados suspiros. Otro momento
pasó en el que sólo se escucharon las cigarras
allá afuera. –Nibs, tengo que decirte,
entonces, algo tremendo. Una nueva
pausa angustiosa recorrió la oscuridad. –¿Tremendo? –Tremendo:
piensan asesinarla. –¿Asesinarla?
¿quienes? –Ellos.
Cuevas y su mujer. –Alcalde,
¿está usted despierto? –¿Me preguntas
si estoy despierto? ¿Qué te pasa? –Es
que temo que tenga usted una pesadilla y me hable en sueños.
¿De dónde ha sacado que ellos quieren asesinarla?
No puedo creerlo. –Pues
créelo, porque es verdad, lo acabo de escuchar. Nibs, tu padre tenía
razón: estos hobbits de Bree no son gente decente, son
salvajes enloquecidos y sanguinarios. –¿De veras?
–balbuceó Nibs. –De
veras. Escucha. Tenemos que hacer algo. No podemos permitir que lleven
a cabo su siniestro plan, y ahora que me entero del lazo especial que
te une a la dama, sé que puedo contar con tu ayuda. –¿Y
qué es lo que sugiere que hagamos? –Actuar
mientras hay tiempo. –indicó Pieblanco. Luego se
acercó a su ayudante, y bajando la voz, dijo con el tono
más grave e intrigante: –Aprovechar la quietud de
la noche, y raptarla.
Si
un ave nocturna, dotada de conciencia, hubiese sobrevolado esa noche
Los Ranales, se habría sorprendido probablemente de la
extraña tranquilidad en que se hallaba sumida la aldea hobbit: todos dormían
y el silencio reinaba a sus anchas en la oscuridad de la luna nueva.
Los grillos se habían ya callado, y hasta la
última rana, cansada de croar, había terminado
por cerrar los ojos. El
único murmullo que hubiera podido notar esa
hipotética ave, de haber estado dotada de un oído
extraordinariamente fino, habría sido el que
provenía de cierto cuarto delantero de la granja del
señor Cuevas. Allí, Pieblanco
y Nibs delineaban en
insomne conciliábulo su próximo plan de
acción. –¿Me has
entendido, entonces, Nibs?
Nos aseguramos de que todos estén completamente dormidos.
Entonces, yo salgo y con el máximo sigilo voy a a los establos en busca de un poney. Mientras tanto,
tú entras en su cuarto, tratando de que nadie más
te escuche, y la cargas en brazos. Si se despierta le ruegas que se
tranquilice, que venimos a salvarla, que por favor no alce la voz. Nos
encontramos por último en la puerta de entrada, del otro
lado de la verja, listos para marcharnos a Cavada Grande. –Perfecto,
alcalde. Si usted dice que no le parecerá mal que la
raptemos... –Nibs, es un caso de vida o
muerte. –De
acuerdo. –¿Te parece que
ya podemos actuar? Nos hemos demorado mucho revisando el plan, y
tenemos que hacer todo antes de que amanezca. –A
juzgar por los ronquidos que se escuchan, están todos
profundamente dormidos, alcalde. –Entonces,
adelante. ¡Por la Comarca! –¡Por la
Comarca! En la
oscuridad Nibs se puso
de pie y salió sin hacer ruido. Pieblanco
intentó hacer otro tanto; recordó que se
había quitado la ropa, pero por más que
tanteó desesperadamente no logró hallarla, y
temeroso de incurrir en una demora fatal, decidió salir en
paños menores. Al pasar por el comedor descubrió
las cortinas que las mujeres estaban bordando; se envolvió
en ellas a modo de precaria túnica, y salió rumbo
al establo en busca del poney. El aire
frío de la noche lo hizo cobrar conciencia del acto de
arrojo en que estaba envuelto, y de su extraño aspecto. Toda
la historia hubiese sido difícil de explicar a un viejo
amigo que eventualmente pasara por allí. Pero por fortuna,
no había nadie salvo una estúpida vaca que
obstaculizaba la entrada del establo. ¿O era una cerda? Pieblanco no habría
sabido decirlo. Lo cierto es que le costó llegar hasta el poney, y luego tampoco se
reveló tarea fácil el hacerlo salir de
allí. El animal era terco y desconfiado, y se negaba a
moverse una pulgada de su lugar. –Vamos,
vamos, amigo –le decía el alcalde tironeando en
vano del cabezal –Ven un poquito con el tío Will. –Pero no
había caso. –¡Bruta bestia!
–terminó
insultándolo.– Deberían hacer mortadela
contigo. Ya verás. Y
volvió sobre sus pasos, dispuesto a encontrar
algún manjar en la cocina con que tentar al poney. Junto a la
despensa encontró una providencial candela y un
eslabón, con el que la encendió y pudo proveerse
de una olorosa porción de tarta de acelga. Pero los planes
cambiaron abruptamente al pasar junto al cuarto de la abuela y la
nieta, y comprobar, en un rápido vistazo a la vacilante luz
de la llama, que el torpe de Nibs,
por algún motivo, no había cumplido su
misión: allí estaba la ancianita durmiendo
apaciblemente. ¿Qué podía haber
pasado? ¿Tal vez su ayudante había confundido los
roles y creído que le tocaba ir por el poney? En tal caso
debían haberse cruzado en algún momento,
inadvertidos, en la oscuridad. ¿Qué hacer,
entonces? Había que pensar con rapidez, y el viejo Will se sentía en
pésimas condiciones para hacerlo. Finalmente
decidió apagar la candela, entrar en el cuarto, y llevarse a
la abuela. La cosa no
fue fácil. Para empezar, la cortina en la que estaba
envuelto le dejaba poca libertad de movimientos. En segundo lugar, a su
edad él ya no estaba para ese tipo de proezas
físicas, y los demasiados postres que en su larga vida
habían contribuido a ampliar su cintura se hacían
notar de un modo muy molesto en ese preciso momento. Pero lo que
más inquietó al alcalde fue que apenas tuvo a la
señora Petunia en sus brazos ella se despertó.
–¡Chist!
¡No tema! ¡Soy Will
Pieblanco! –¡Señor
alcalde! –susurró ella. –¡Qué
sorpresa! – y afortunadamente no intentó
ningún acto de resistencia física, que de haber
existido habría malogrado la maniobra ya que el viejo Will apelaba en esos momentos al
último resto de sus energías. Por el
contrario, la ancianita pasó un brazo tras el cuello del
alcalde y se colgó de él colaborando de ese modo
con la operación. –¡Confíe
en mí, mi estimada señora! ¡Todo
estará bien! –el alcalde hubiese querido agregar
algo más, pero ya no tuvo aliento para hacerlo. Aprovechando
que el peso que portaba lo catapultaba hacia adelante, se
arrojó a correr por el pasillo, franqueando la puerta
principal, y dirigiéndose por el jardín delantero
hacia la verja en una desordenada carrera hecha de jadeos y bufidos. De pronto, en
medio del jardín, el alcalde chocó contra un
bulto negro. –¡Alcalde! –¿Nibs, eres
tú? –Sí. –¿Y
qué traes en los brazos? –Pieblanco
se acercó un poco más y descubrió que
se trataba de la joven Gardenia, quien parecía sumamente
divertida de la situación. –¡Buenas
noches, alcalde! –lo saludó ella.
–Qué simpático es todo esto. Y buenas
noches, abuela. –Pero,
pedazo de alcornoque –exclamó Pieblanco rechinando los dientes.– ¡Te
equivocaste de dama! –¿Que yo me
equivoqué de dama? Oiga, alcalde, siento ruidos
allá afuera, será mejor que nos larguemos
rápido. Diciendo
esto, Nibs
encaminó sus pasos hacia la calle, sin soltar su codiciada
presa. Pero
efectivamente algo sucedía allí. Un enorme carro
cargado de cosas acababa de detenerse, y la puerta cancel estaba
bloqueada. En realidad, Nibs
estuvo a punto de dar de narices con una sólida realidad:
cuatro siluetas corpulentas se erguían amenazantes ante
él. –¡Torno, Fondo,
Mondo, Rogo,
hermanitos! –exclamó
Gardenia –¿Estáis de vuelta?
Faltaba
aún para el amanecer, pero ya una creciente claridad se
extendía por el cielo y comenzaba a dibujar mejor los
contornos de las cosas. Gracias a ella Nibs
pudo apreciar el rostro de los cuatro hobbits, y lo que vio no le
gustó. En realidad ellos lo miraban de un modo sumamente
amenazador, como si estuviesen a punto de lanzarse sobre él
y triturarlo en pedacitos. –¿Qué
estás haciendo con nuestra hermana?
–gruñó uno, tal vez Mondo, tal vez Rogo, quién lo sabe;
si no hubiese visto que la boca del hobbit
se movía, Nibs
habría jurado que el gruñido había
sido emitido por un oso. –¿Yo, con su
hermana? –repitió estúpidamente.
–Nada. –Suéltala
ahora mismo, miserable lagartija. Nibs
habría preferido decir algo simpático para romper
el hielo y conducir la conversación hacia horizontes
amistosos, pero algo -tal vez aquello de miserable lagartija-
le dijo que era mejor no intentarlo. En ese
momento se sucedieron unas cuantas cosas. Nibs
soltó a la chica. Luego un puñetazo hizo impacto
en su mejilla. Mientras caía, alcanzó a ver que
el alcalde llegaba con la señora Pastizales en brazos, a una
velocidad encomiable, y chocaba contra la muralla formada por los
cuatro hermanos. A partir de
allí todo fue muy desordenado. Alguien lo había
agarrado a Nibs del
pescuezo con fines poco claros, mientras una voz gritaba ¡Abuela!,
y desde la casa se escuchaba ¿Qué pasa
allí afuera? –¡Papá,
mamá, vengan pronto! –gritó un
vozarrón. –¡Este tipo
está envuelto en una cortina! Las luces de
la casa se encendieron, y poco después aparecieron Cuevas y
su mujer. | |||